El humo no se disipa en el Infierno. Se queda suspendido, denso, como una neblina eterna que lo envuelve todo. Las llamas no queman igual aquí abajo: son frías, azuladas, y silban como serpientes. En el centro del trono de obsidiana, Lucifer descansa con una sonrisa que no llega a sus ojos. Frente a él, sobre una mesa de mármol negro, reposa un cigarro.
No un cigarro cualquiera. Es la primera forma que el tabaco tomó en la Tierra, el prototipo, la semilla de todo lo que vino después. Está encendido, pero no se consume. La ceniza nunca cae. Su brasa parpadea con un latido propio.
—¿Sabes, Lucifer? —dice el cigarro, y su voz es rasposa, como papel de lija sobre piel—. Llevo siglos escuchándote presumir. Que si tú inventaste el pecado, que si tú corrompiste a Eva, que si tú eres el dueño de las almas. Pero hay algo que nunca admites.
Lucifer inclina la cabeza, divertido. Sus alas de cuero crujen al moverse.
—¿Y qué sería eso, pequeño?
—Que yo soy mejor que tú.
El Infierno enmudece. Hasta las llamas parecen contener la respiración.
La discusión
Lucifer se ríe. Una risa que rompe vidrios y hace temblar los muros.
—¿Tú? ¿Un manojo de hojas secas envueltas en papel? ¿Tú vas a compararte conmigo? Yo soy el que hizo caer a un tercio de los ángeles. Yo soy la luz caída, el padre de la mentira. ¿Qué has hecho tú?
El cigarro exhala una voluta de humo que forma una calavera perfecta.
—He matado a más de 7 millones de personas al año —dice, pausado, saboreando cada palabra. —Cada año. Sin pausa. Sin descanso. ¿Tú puedes decir eso?
Lucifer se inclina hacia adelante, el interés brillando en sus ojos.
—Siete millones. No está mal para un simple vegetal.
—No es “no está mal” —responde el cigarro, y su tono se vuelve cortante—. Es el 8,7% de todas las muertes del mundo. Más que el alcohol, que apenas llega al 3,6%. Más que todas las drogas ilegales juntas, que ni siquiera llegan al medio punto porcentual. Más que los accidentes de tráfico, los homicidios, los suicidios, el sida y la tuberculosis combinados.
—Impresionante —admite Lucifer, aunque con desdén—. Pero yo he corrompido almas. Tú solo destruyes cuerpos.
—¿Cuerpos? —el cigarro ríe, un sonido seco—. ¿Crees que eso es todo? Destruyo cuerpos, sí. Pero también destruyo familias. Vacío carteras. Rompo voluntades. Convierto a personas libres en esclavos que pagan por su propia muerte. Dime, Lucifer: ¿cuántos de tus seguidores se arrodillan voluntariamente y te pagan para que los mates?
La sonrisa del engaño
Lucifer se levanta. Camina alrededor de la mesa, sus garras rasguñando el mármol.
—Tienes un punto —concede, y su voz es casi un susurro—. Pero yo fui más listo. Yo te inventé a ti.
El cigarro parpadea. Su brasa se intensifica.
—Mientes.
—No, pequeño. La historia lo sabe. ¿Crees que el tabaco llegó a Europa por casualidad? Yo lo puse en las manos de los colonizadores. Yo hice que lo llevaran a Japón, a China, a África. ¿Sabes cómo me llamaban los primeros cristianos que vieron a los indígenas fumar? —Lucifer se acerca, su aliento helado—. El humo del demonio.
—Bonita historia —responde el cigarro, imperturbable—. Pero no te la compro. Tú puedes reclamar mi origen, pero yo soy el que hace el trabajo sucio. Tú seduces, yo ejecuto. Tú prometes, yo cumplo. Y lo hago con una paciencia que tú no tienes.
—¿Paciencia?
—Claro. ¿Cuánto tarda uno de tus posesos en entregar el alma? ¿Unos minutos? ¿Horas? Yo tardo décadas. Años y años de sufrimiento lento. Dejo que mis víctimas se enamoren de mí. Que me defiendan. Que digan que “fumar no es tan malo”. Y mientras tanto, les pudro los pulmones, les tapono las arterias, les convierto la sangre en veneno. Y ellos me lo agradecen. Me pagan. Me recomiendan a sus amigos.
Lucifer se detiene. Algo en sus ojos cambia.
—Continúa.
Las cifras del horror
El cigarro se incorpora sobre la mesa, como si tuviera un cuerpo invisible que lo sostuviera.
—Mira las cifras, Lucifer. Porque los números no mienten.
El tabaco mata hasta al 50% de sus consumidores. La mitad. Uno de cada dos. ¿Sabes lo que eso significa? Que cuando alguien enciende uno de los míos, está lanzando una moneda al aire: cara, vive; cruz, muere. Y ellos lo saben, y aun así lo hacen.
—El riesgo de sufrir un infarto aumenta un 5,6% por cada cigarrillo fumado. Uno solo, y ya estás dañando tu corazón. Dos, y el daño es doble. Una cajetilla, y has firmado tu sentencia de muerte en letras pequeñas.
—El 71% de los cánceres de pulmón en hombres son míos. El 46% en mujeres. Siete de cada diez. ¿Tú has visto a alguien morir de cáncer de pulmón, Lucifer? ¿Has visto cómo se ahogan en sus propios fluidos? ¿Cómo suplican por un poco de aire? Yo lo veo todos los días. Y me río.
Lucifer está callado. Sus alas tiemblan ligeramente.
—Pero eso no es todo —continúa el cigarro, su voz ahora un susurro cruel—. Los fumadores viven, de media, 10 años menos. Diez años. Una década entera robada. ¿Sabes cuántas cosas puede hacer un ser humano en diez años? ¿Cuántas risas, cuántos abrazos, cuántos atardeceres? Yo se los arrebato. Y no lo hacen de golpe. Les arranco los días uno a uno, con cada calada.
—Y cuando no mato, torturo. La EPOC, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, esa que deja a la gente sin aliento solo por cruzar una habitación, esa es mía. La cardiopatía isquémica, que aprieta el pecho como una prensa, también es mía. La diabetes, la demencia, la periodontitis que hace que se les caigan los dientes. Todo eso soy yo.
—Y no me olvido de los niños. Los niños expuestos al humo tienen mayor riesgo de bronquitis, neumonía, asma e infecciones de oído. Mueren en la cuna por mi culpa. El tabaquismo pasivo mata a 1,3 millones de personas al año. Personas que ni siquiera me eligieron. Que nunca me pidieron. Yo las mato igual.
El momento más oscuro
Lucifer guarda silencio. Por primera vez en milenios, no tiene una respuesta. El cigarro se acerca.
—¿Sabes cuál es mi verdadero talento, Lucifer? El engaño. No es como el tuyo, que prometes el cielo y das el infierno. Mi engaño es mucho más sutil. Yo les hago creer que ellos eligieron. Que es su decisión. Que fumar es un placer, una libertad, un derecho. Les pongo filtros de colores, nombres bonitos, sabores a menta y a cereza. Les digo que fumar es elegante, que es sexy, que es adulto. Y ellos me compran la mentira. Me la compran con su dinero y con su vida.
—Y lo peor —el cigarro se ríe, y su risa es la de un millón de agonías— es que son más de mil millones. Mil doscientos millones de adictos caminando por la Tierra. Uno de cada cinco adultos. Alimentándome. Adorándome. Y yo nunca me canso. Nunca me lleno. Siempre quiero más.
De repente, el cigarro se vuelve hacia un rincón de la sala. Allí, encadenado, hay un hombre. Sucio, demacrado, con la mirada perdida. Tosca sin parar. Sus dedos están amarillos. Su piel, gris.
—Míralo —dice el cigarro—. Este es uno de los míos. Lleva treinta años fumando. Empezó con dieciséis, porque era “cool”. Ahora tiene cáncer de pulmón en fase terminal. Los médicos le han dicho que le quedan tres meses. Pero él todavía fuma. ¿Ves, Lucifer? Ni siquiera cuando sabe que voy a matarlo puede dejarme. Eso es poder. Eso es amor.
El hombre tose, y de su boca sale un chorro de sangre. Su mano tiembla al llevar otro cigarrillo a sus labios.
Lucifer mira la escena. Por primera vez, su sonrisa se ha borrado.
—Has ganado —dice, en voz baja—. Eres más cruel que yo.
El cigarro exhala una última voluta de humo, que forma la palabra “siempre” antes de disiparse.
—No lo olvides, Lucifer. Tú eres el que tienta. Yo soy el que mata. Y siempre, siempre, habrá alguien dispuesto a encenderme.
El epílogo
El hombre encadenado enciende otro cigarrillo. Su mano ya no tiembla. Sus dedos están tan acostumbrados al gesto que lo hacen automáticamente, como un reflejo. Inhala profundamente y, por un segundo, sus ojos recuperan un destello de vida. Luego tose, y la sangre salpica sus ropas.
—¿Sabes lo más irónico? —dice el cigarro, mirando a Lucifer—. Él cree que soy su amigo. Cree que yo lo ayudo a relajarse, a pensar, a soportar el día. No sabe que soy yo quien le arranca los días uno a uno. No sabe que cada bocanada es un ladrillo en su propia tumba.
Lucifer se sienta de nuevo en su trono. Por primera vez, se siente pequeño.
—Siempre he pensado que la crueldad era mi dominio —murmura—. Pero tú… tú has perfeccionado el arte de hacer que tus víctimas te amen mientras las destruyes.
—Eso, —responde el cigarro con una sonrisa invisible— es porque el infierno no está aquí abajo. El infierno está en la mente de un fumador que sabe que va a morir y aun así no puede parar. Ese infierno… ese es mi obra.
Y en la mesa de obsidiana, el cigarro sigue ardiendo. Nunca se apaga. Nunca se consume. Porque siempre hay alguien dispuesto a encenderlo.
| Indicador | Dato |
| Muertes anuales por tabaco | Más de 7 millones |
| Muertes por tabaquismo pasivo | 1,3 millones anuales |
| Porcentaje de muertes mundiales causadas por tabaco | 8,7% |
| Comparación con alcohol | 3,6% de muertes mundiales |
| Comparación con drogas ilegales | 0,4% de muertes mundiales |
| Porcentaje de consumidores que mata el tabaco | Hasta el 50% |
| Reducción de esperanza de vida | 10 años de media |
| Aumento del riesgo de infarto | 5,6% por cada cigarrillo |
| Cáncer de pulmón atribuible al tabaco | 71% en hombres, 46% en mujeres |
| Número de fumadores en el mundo | 1.200 millones |
| Porcentaje de adultos fumadores | 1 de cada 5 |
| Comparación con otras causas | El tabaco mata más que alcohol, drogas, accidentes, homicidios y suicidios combinados |
Bibliografía
· Organización Mundial de la Salud. Iniciativas OMS sobre control del tabaquismo, informe 2025. [En línea]
· Organización Mundial de la Salud. Effects of tobacco on health. WHO European Region.
· Organización Mundial de la Salud, Oficina Regional para África. Tobacco Control. Key Facts About Tobacco Use.
· El tabaco provoca el 8,7% de las muertes a nivel mundial, seguido por el alcohol (3,6%) y las drogas ilegales (0,4%). Informe OMS Global Health Risks.
· Ministerio de Sanidad de España. Tabaco: datos y consecuencias.
· Akutagawa, Ryunosuke. El tabaco y el diablo.
· Orígenes del tabaco en leyendas lituanas: la muerte de la madre del diablo.
· La planta del demonio: tradiciones sobre el origen del tabaco.
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