Don Roberto era de esos hombres que se enorgullecían de nunca estar enfermos. A sus 58 años, se levantaba temprano para abrir su pequeña ferretería, atendía a los clientes con la misma broma de siempre —”aquí hasta los clavos tienen descuento para los amigos”— y regresaba a casa con la satisfacción de haber trabajado un día más.
Eso fue, hasta que su esposa, doña Carmen, empezó a mirarlo con esa cara que él conocía muy bien. La misma cara de cuando le advertía del clavo oxidado en el patio. La cara de “no me discutas, que ya te lo dije”.
—Mira, Roberto —le soltó un martes, con las manos en la cintura—. Ya van tres veces que te tomas la presión en la farmacia y siempre te sale alta. Baja tu orgullo y ve al médico.
—Pero si yo me siento perfecto, mujer —contestó él, sirviéndose otro café—. Ni me duele la cabeza, ni me mareo, ni nada. ¿Para qué ir a que me digan lo mismo que ya sé?
—Porque te quiero seguir viendo muchos años, Roberto.
Esas palabras quedaron flotando en el aire. Y como era de esperarse, don Roberto fue al médico. No tanto por convicción, sino porque sabía que su esposa tenía más memoria que un elefante y no lo iba a dejar en paz hasta que cumpliera.
En el consultorio, el doctor Vargas lo recibió con una sonrisa y una carpeta que ya pesaba por los registros de años. Don Roberto se sentó con aire despreocupado, como quien va a una visita de cortesía.
—Buenas tardes, don Roberto. ¿Cómo se ha sentido?
—Muy bien, doctor, de verdad. No tengo ninguna queja.
El doctor Vargas tomó el tensiómetro, colocó el brazalete en su brazo y lo infló. El aparato hizo su zumbido característico, y en la pantallita bailaron los números hasta detenerse.
—155/95 —anunció el médico, con un tono que don Roberto aprendió a reconocer: el tono de “esto no es una visita de cortesía”.
—Pero doctor, ¿ve cómo me siento? —insistió él, restándole importancia—. Perfecto. Esos aparatitos a veces se equivocan, ¿no?
El doctor Vargas no se rió. Se sacó los anteojos, los limpió despacio, y se inclinó un poco hacia adelante. Era la pose de cuando iba a decir algo importante.
—Escúcheme bien, don Roberto. Usted sabe que tiene diabetes, ¿verdad?
—Claro que sí, doctor. Eso lo sé hace años.
—Entonces tiene que saber una cosa más. La diabetes y la presión alta van agarradas del brazo, como viejas amigas que no se sueltan. Y cuando las dos andan juntas dentro de usted, hacen un daño silencioso. Usted no lo siente, no le duele, pero ahí van, trabajando.
Don Roberto frunció el ceño. Eso de “silencioso” no le sonaba nada bien.
—Fíjese —siguió el médico, con voz pausada—. La presión alta es como un ladrón que entra a su casa de madrugada. Usted está dormido y tranquilo, mientras él se va llevando sus cosas de a poquito: primero un reloj, después una joya, después algo más valioso. Cuando usted se despierta y se da cuenta, ya es tarde y le falta la mitad de la casa.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo, doctor? —preguntó don Roberto, ya sin la sonrisa de antes.
—Que ese ladrón se está llevando su corazón, sus riñones, y sus ojos. Si lo dejamos seguir, con los años la factura es seria: un infarto, un derrame, o unos riñones que dejan de trabajar y lo dejan a uno dependiendo de una máquina que le limpie la sangre, tres veces por semana.
Hubo un silencio pesado. Don Roberto se removió en la silla. La palabra “máquina” le había caído como un balde de agua fría.
—Yo no quiero terminar así, doctor.
—Yo tampoco quiero verlo ahí, don Roberto. Y por eso hablo con usted hoy, ahora que todavía se siente bien. Porque el problema de estos ladrones es que no esperan a que uno esté listo. Entran calladitos, cuando uno menos se lo espera.
El doctor Vargas se recostó en su silla, y su tono cambió. Ya no era la voz de la advertencia, sino la de un hombre que quiere ayudar a otro.
—Ahora cuénteme, en confianza. ¿Se toma la pastilla de la presión todos los días, como le mandamos?
Don Roberto bajó la mirada. Por primera vez, le dio vergüenza.
—Le voy a ser sincero, doctor. A veces sí, a veces se me olvida. O me la tomo fuera de hora porque se me pasó. Como me siento bien, pues… la verdad no le doy importancia.
—¿Y sabe qué? —dijo el médico, sin regañarlo—. Usted no es el único. Me pasa con la mitad de mis pacientes. Y es lógico: ¿para qué tomarse algo si uno se siente bien? Pero ahí está el truco del ladrón, don Roberto. Nos hace sentir bien, para que no cuidemos lo que nos importa.
—Entonces, ¿qué hago, doctor? ¿Cómo no se me olvida?
—¿A qué hora tomó café esta mañana?
Don Roberto se rió, sorprendido.
—Eso nunca se me olvida, doctor. El café, sí o sí, apenas me levanto.
—Perfecto. Entonces la pastilla se toma justo con el café. Póngala al lado de la cafetera, o junto a la taza. Cuando usted vaya por su café, ve la pastilla, y no se le olvida. Una hora fija todos los días. Esté donde esté.
—¿Como la rutina del café?
—Como la rutina del café. Y mire, no todo es medicina. Si le baja un poquito a la sal que echa encima de la comida, si camina media hora al día, y si le suelta unos kilitos de más al cuerpo, le estoy haciendo un favor enorme a ese corazón suyo.
—¿Pero la comida sin sal, doctor? —protestó don Roberto, con un gesto de asco—. ¡Eso no sabe a nada!
El doctor Vargas se rió por primera vez en la consulta.
—No le pido que la deje de golpe. Le pido que le vaya bajando de a poquito. El cuerpo se acostumbra, se lo prometo. Y su esposa se lo va a agradecer, además. Dicen que el que come sin sal oye mejor a su mujer.
Don Roberto soltó una carcajada.
—¡Ah, eso sí que es un buen motivo, doctor!
La consulta terminó con un apretón de manos y una pastilla nueva. Pero más que la pastilla, don Roberto se llevó algo que se quedó grabado en su memoria: la imagen del ladrón silencioso entrando de madrugada a su casa.
Esa noche, mientras tomaba su café, don Roberto puso la pastilla al lado de la cafetera. No como una obligación, sino casi como un acto de rebeldía contra ese ladrón invisible que había querido llevárselo todo sin que él se enterara.
Y al día siguiente, cuando doña Carmen lo vio tomando su pastilla sin que se lo recordara, no dijo nada. Pero sonrió. Porque sabía que su Roberto, el que decía que nunca estaba enfermo, por fin había entendido la lección más importante de todas:
Las mejores batallas se libran en silencio, cuando todavía uno se siente bien.
FIN
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