Alejandro Valdés tenía cincuenta y dos años, una fortuna que podía comprar países pequeños y una obsesión que lo mantenía vivo: coleccionar belleza. No en museos ni en galerías, sino en la forma de mujeres jóvenes, radiantes, imposiblemente hermosas, que llenaban sus yates cada fin de semana.
Su flota era legendaria en los círculos exclusivos: el Aurora, un imponente velero de 40 metros con cubiertas de teca; el Sirena, un catamarán de lujo con piscina infinita; el Neptuno, un megayate de 80 metros con helipuerto y discoteca submarina; y su favorito, el Éxtasis, un yate de 55 metros diseñado específicamente para el placer, con camarotes de vidrio que ofrecían vistas al mar desde cada ángulo posible.
Pero el verdadero tesoro de Alejandro no eran sus barcos. Eran las invitadas.
Cada viernes, su asistente personal, una mujer eficiente llamada Carla, enviaba invitaciones a las modelos, actrices y celebridades más codiciadas del país. La condición era simple: traer solo un bikini pequeño y muchas ganas de divertirse. Lo que ocurría a bordo, se quedaba a bordo.
El primer sábado de julio, el Éxtasis zarpó del puerto de Marbella con doce mujeres a bordo. Entre ellas, Valentina, una supermodelo de veintidós años con ojos verdes y una melena cobriza que parecía hecha de fuego líquido. Era su primera vez en uno de los yates de Alejandro, y no sabía qué esperar.
—Relájate, cariño —le susurró otra invitada, una rubia llamada Sofía—. Alejandro es un caballero. Solo quiere rodearse de belleza y pasarlo bien. Nada más.
—¿Nada más? —preguntó Valentina, escéptica.
Sofía sonrió con picardía.
—Bueno, depende de lo que tú quieras.
La tarde transcurrió entre champán francés, música electrónica y juegos de verdad o reto que se volvieron cada vez más atrevidos. A las cinco, cuando el sol comenzó a dorar el horizonte, Alejandro apareció en cubierta con una copa en la mano y una sonrisa que prometía secretos.
—Señoritas —anunció con voz grave—. Ha llegado el momento que todas esperaban. El sol está perfecto, el mar está perfecto, y ustedes están más que perfectas. Les propongo un brindis por la libertad.
Las copas se alzaron. Valentina bebió, sintiendo el calor del alcohol recorrer su garganta.
—Y ahora —continuó Alejandro—, como parte de la tradición del Éxtasis, las invito a despojarse de todo lo que las ata. Aquí, en mi barco, no hay reglas. Solo hay placer.

Las demás mujeres comenzaron a quitarse los bikinis con una naturalidad pasmosa. Valentina dudó, pero la presión del grupo y la mirada intensa de Alejandro la empujaron. Se desabrochó el sujetador y dejó caer la parte inferior, sintiendo el aire salado acariciar su piel por primera vez.
—Así me gusta —dijo Alejandro, acercándose a ella—. Eres nueva, pero ya entiendes la esencia de este lugar.
—¿Y cuál es la esencia? —preguntó Valentina, tratando de mantener la compostura.
—Que la belleza no debe esconderse. Debe exhibirse, celebrarse, adorarse.
Alejandro le pasó un dedo por el hombro, y Valentina sintió un escalofrío que no era de frío.
Las horas siguientes fueron un torbellino de sensaciones. Las mujeres se bronceaban desnudas en la cubierta, algunas se sumergían en la piscina del yate, otras bailaban al ritmo de la música con los cuerpos pegados. Valentina se dejó llevar, sintiendo que por primera vez en su vida no tenía que cumplir expectativas ni mantener una imagen. Solo era un cuerpo hermoso disfrutando del sol.

Al caer la noche, Alejandro las invitó a cenar en la cubierta principal, bajo un cielo estrellado que parecía pintado para la ocasión. La mesa estaba repleta de manjares: caviar, langosta, foie gras. Las mujeres comían desnudas, riendo y compartiendo historias que nunca saldrían de ese barco.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó Sofía, sentada junto a Valentina.
—¿Qué?
—Que aquí nadie te juzga. Puedes ser quien quieras, hacer lo que quieras, sin miedo.

Valentina miró a Alejandro, que conversaba animadamente con otra invitada, y sintió una mezcla de fascinación y cautela.
—¿Y él? —preguntó—. ¿Qué espera de nosotras?
Sofía se inclinó y susurró:
—Alejandro no espera nada. Solo quiere admirar. Es un coleccionista, no un depredador. Si alguna quiere más, él está dispuesto. Pero nunca presiona.

La noche terminó con un espectáculo de fuegos artificiales que Alejandro había preparado en secreto. Las mujeres, desnudas y radiantes, observaban las luces reflejarse en el mar mientras abrazaban sus cuerpos. Valentina se sentía eufórica, viva, libre.
Cuando las demás se retiraron a sus camarotes, Valentina se quedó en cubierta, mirando las estrellas. Alejandro se acercó, con una copa de brandy en la mano.
—¿No tienes sueño? —preguntó.
—No —respondió ella—. Estoy demasiado… despierta.
Alejandro sonrió y se sentó a su lado.
—¿Sabes por qué hago esto cada fin de semana? —preguntó.
—¿Por qué?
—Porque la belleza es efímera. Y quiero rodearme de ella antes de que desaparezca. Es mi forma de congelar el tiempo.

Valentina lo miró, y por primera vez vio más que un magnate poderoso. Vio a un hombre solo, tratando de llenar un vacío con cuerpos hermosos.
—¿Y funciona? —preguntó.
Alejandro rió, pero era una risa triste.
—A veces, por un momento, sí. Luego llega el lunes, y el vacío vuelve.
Valentina sintió algo inesperado: compasión. Se acercó y lo besó suavemente en la mejilla.
—Quizás lo que necesitas no es más belleza —dijo—. Sino alguien que te vea más allá de ella.
Alejandro la miró con una intensidad que la hizo temblar.
—¿Y tú? ¿Eres esa alguien?
Valentina no respondió. En lugar de eso, se levantó y caminó hacia la proa del yate, dejando que el viento nocturno acariciara su cuerpo desnudo. Alejandro la siguió, y juntos contemplaron el mar infinito.
Pero el destino tenía otros planes.
A la mañana siguiente, mientras el yate regresaba a puerto, Valentina recibió una llamada que lo cambió todo. Era su madre, llorando.
—Valentina, tu padre ha tenido un infarto. Está en el hospital. No sé si sobrevivirá.
Valentina sintió que el mundo se derrumbaba. Se vistió rápidamente y pidió a Alejandro que la llevara a tierra firme.
—Claro —dijo él, con una seriedad que no le había visto antes—. Mi helicóptero te llevará donde necesites.
Durante el vuelo, Valentina no pudo dejar de pensar en la ironía de su situación. Había pasado la noche más liberadora de su vida, rodeada de lujo y placer, y ahora enfrentaba la posibilidad de perder a su padre.
Cuando llegó al hospital, su padre estaba estable, pero débil. Valentina se sentó a su lado, tomando su mano.
—Papá, estoy aquí.
Su padre abrió los ojos y sonrió débilmente.
—Mi niña… ¿dónde has estado?
Valentina dudó. ¿Cómo podía decirle que había estado desnuda en un yate, bebiendo champán y sintiéndose viva mientras él luchaba por su vida?
—Estaba con unos amigos —mintió—. Pero ya no importa. Estoy aquí ahora.
Las semanas siguientes, Valentina abandonó el mundo de las fiestas y los yates. Se dedicó a cuidar de su padre, a reconstruir una relación que había descuidado por su carrera como modelo. Alejandro la llamó varias veces, pero ella no respondió.
Hasta que un día, recibió un paquete en su casa. Era una fotografía enmarcada: la imagen de ella en la proa del *Éxtasis*, desnuda, mirando el mar infinito al amanecer. Al reverso, una nota escrita a mano:
“La belleza no es efímera, Valentina. Es eterna, cuando se comparte con alguien que la merece. Gracias por mostrarme eso. Si algún día quieres volver al mar, sabes dónde encontrarme.”
Valentina sonrió, sintiendo las lágrimas brotar. Guardó la fotografía en su mesita de noche y miró por la ventana. El sol brillaba, y el mar la llamaba.
Pero no estaba lista. Aún no.
Un año después, Valentina regresó a Marbella. Su padre se había recuperado, y ella había decidido dejar el modelaje para abrir su propia escuela de yoga. Una tarde, mientras caminaba por el puerto, vio el Éxtasis anclado en la distancia.
Alejandro estaba en cubierta, solo, mirando el horizonte. Valentina tomó el teléfono y marcó su número.
—¿Alejandro?
—Valentina. Sabía que volverías.
—¿Cómo?
—Porque la belleza siempre encuentra el camino de regreso.
Valentina sonrió.
—¿Todavía me esperas?
—Siempre.
—Entonces… ¿puedo subir a bordo?
Hubo un silencio, y luego la risa cálida de Alejandro.

—El Éxtasis siempre tiene un camarote para ti. Pero esta vez, no necesitas desnudarte para mí.
—¿Y si quiero?
—Entonces, será un placer verte brillar de nuevo.
Valentina colgó y caminó hacia el muelle. El sol doraba su piel, y el mar la llamaba. No sabía lo que el futuro le deparaba, pero por primera vez, no le importaba.
Porque había aprendido que la verdadera libertad no estaba en despojarse de la ropa, sino en despojarse de los miedos. Y esa era una lección que ningún yate de lujo podía enseñarle.

Al final, Valentina y Alejandro se reencontraron a bordo del Éxtasis, pero esta vez no había doce invitadas ni champán ni música estridente. Solo ellos dos, el mar y un atardecer que parecía pintado para la ocasión.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó Valentina, recostada en el pecho de Alejandro.
—¿Qué?
—Que no necesito desnudarme para sentirme libre. Contigo, me siento libre incluso vestida.
Alejandro la besó en la frente.
—Y yo, contigo, he aprendido que la belleza no está en el cuerpo. Está en el alma.

Y así, entre susurros y caricias, comprendieron que el imperio del placer de Alejandro había encontrado, por fin, su verdadero tesoro: alguien que no solo era hermosa por fuera, sino por dentro.
El Éxtasis siguió navegando, pero ya no era un barco de fiestas. Era un barco de amor. Y eso, pensó Valentina, era mucho más valioso que cualquier fortuna.
了解 Interesantísimooo 的更多信息
订阅后即可通过电子邮件收到最新文章。