La primera vez que Marcos sintió el cosquilleo fue un martes, a las tres de la tarde, en el supermercado. Estaba decidiendo entre dos marcas de café cuando una anciana dejó caer su bolsa de mandarinas. Las frutas rodaron por el pasillo como pequeñas naranjas fugitivas.
—Déjeme ayudarla —dijo, agachándose.
Y entonces ocurrió. Mientras se inclinaba para recoger las mandarinas, escuchó una voz dentro de su cabeza. No era la anciana hablando en voz alta. Era algo más profundo, más íntimo.
“Qué amable muchacho. Ojalá mi nieto fuera así de atento.”
Marcos levantó la vista. La anciana sonreía, pero sus labios no se movían. La voz seguía ahí, clara como el agua.
“Pobre, parece confundido. Quizá necesita que alguien lo oriente.”
—¿Se siente bien, joven? —preguntó la anciana en voz alta.
Marcos parpadeó. Las mandarinas estaban en su mano, pero no recordaba haberlas recogido.
—Sí, sí… solo que… —tragó saliva—. ¿Usted acaba de pensar que su nieto debería ser más atento?
La anciana enarcó una ceja.
—Bueno, sí, pero no se lo he dicho a nadie. ¿Cómo lo sabe?
Marcos sintió un calor extraño en las palmas, como si la sangre se le volviera electricidad. Se despidió rápido, dejando a la anciana con su bolsa y su curiosidad.
Esa noche no pudo dormir. Se quedó despierto en su cama, repasando el momento una y otra vez. Al día siguiente, durante el viaje en metro, lo intentó de nuevo. Se concentró en la mujer que estaba sentada frente a él, una ejecutiva con cara de cansancio.
“Odio mi trabajo. Odio a mi jefe. Odio esta ciudad.”
Marcos casi se ríe en voz alta. Podía escucharla. Realmente podía escucharla.
Entonces, sin pensarlo, proyectó un pensamiento hacia ella.
“Qué lindo día hace hoy. Me siento feliz.”
La ejecutiva levantó la vista. Por un momento, su ceño fruncido se suavizó. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Sí —murmuró para sí misma—. Hoy es un buen día.
Marcos sintió un escalofrío. No solo podía escuchar los pensamientos de la gente. También podía sembrar los suyos. Podía hacer que sintieran lo que él quería que sintieran.
El experimento se volvió adictivo.
En la oficina, descubrió que podía hacer que su jefe olvidara pedirle informes. Solo necesitaba pensar: “No necesitas ese reporte hoy. Está todo en orden.” Y el hombre asentía, distraído, y se iba a buscar café.
Con las mujeres, fue aún más fácil. Una compañera de trabajo, Lucía, siempre lo había ignorado. Una tarde, mientras ella trabajaba en su escritorio, Marcos se concentró.
“Eres especial, Lucía. Nadie te entiende como yo. Quieres conocerme mejor.”
Ella levantó la vista y le sonrió. Fue tan fácil. Una semana después estaban cenando, y dos meses más tarde Marcos la dejó por otra, porque ya se había aburrido.
La segunda fue Paula, la barista de la cafetería. La tercera fue Renata, la profesora de yoga. La cuarta fue una mujer en el autobús, a la que convenció de darle su número con solo un pensamiento bien colocado.
Era como un juego. Como tener un botón de “me gusta” en la vida real. Marcos se volvió adicto a esa sensación de poder absoluto, al momento en que los ojos de una mujer se suavizaban, cuando su defensa caía como un castillo de naipes.
Hasta que llegó Elena.
Elena no era como las demás. Era editora de libros, tenía el pelo rizado y siempre llevaba un libro bajo el brazo. Marcos la vio en la librería del barrio, hojeando una novela de García Márquez. Sintió el cosquilleo, pero esta vez fue diferente. Más profundo. Como si su poder reconociera algo en ella.
Se acercó con su mejor sonrisa.
—¿Te gusta García Márquez?
Ella levantó la vista. Sus ojos eran verdes, con pequeñas motas doradas que parecían destellar.
—Me encanta. ¿Y a ti?
Marcos sintió el impulso de usar su poder. Soy interesante, soy fascinante, quieres conocerme mejor.
Pero algo lo detuvo. Por primera vez, no quiso usar el atajo.
—Soy más de Cortázar —dijo, y era verdad—. Pero García Márquez tiene esa manera de hacer mágico lo cotidiano.
Elena sonrió, y esa sonrisa le dolió físicamente. Era real. Sin trucos.
Se vieron al día siguiente, y al otro, y al otro. Marcos no usaba su poder con ella. Era como estar en ayunas después de años de banquetes forzados. Cada conversación era un descubrimiento. Elena hablaba de libros, de sueños, de su miedo a las alturas y su amor por el olor a lluvia.
—¿Sabes qué es lo más romántico? —le dijo una tarde, mientras caminaban por el parque—. Cuando alguien te escucha de verdad. No cuando te oye, sino cuando realmente escucha.
Marcos sintió un nudo en la garganta. Porque con las demás, nunca había escuchado. Solo había hablado con su mente, poniendo palabras en sus cabezas.
—Yo te escucho —dijo, y era la verdad más honesta que había dicho en años.
Elena se detuvo. Lo miró a los ojos, y por un momento, Marcos sintió que ella podía ver a través de él. Ver el poder que escondía, la mentira que había construido.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Nada. Solo… eres increíble.
Ella se sonrojó. Y Marcos, por primera vez, sintió miedo. Miedo de que ella descubriera quién era realmente. Miedo de que su poder, que tanto había usado, lo separara de la única persona que lo hacía sentir humano.
La noche que todo cambió fue un sábado. Habían cenado en un restaurante italiano, y Elena reía con la boca llena de pasta, contándole sobre su gato que se llamaba Kafka.
—Es un tirano —decía—. Me despierta a las seis de la mañana solo para mirarme.
Marcos reía, sintiendo el calor de su mano sobre la mesa. No había usado su poder en semanas. No lo necesitaba. Con Elena, todo era natural, fluido, como si el universo hubiera diseñado sus piezas para encajar.
—¿Te puedo contar un secreto? —preguntó él, de repente.
Elena dejó el tenedor. Sus ojos se volvieron serios, pero suaves.
—Claro.
Marcos respiró hondo. Iba a contarle todo. Los poderes, las mentiras, las mujeres que había conquistado con trucos. Iba a ser honesto, por primera vez en su vida.
—Yo… —empezó.
Y entonces sintió el cosquilleo. Pero no en sus palmas. En la nuca.
Alguien más estaba usando un poder.
Elena sonrió, y por primera vez, Marcos vio algo extraño en sus ojos. Un brillo metálico, como un reflejo en un espejo.
—¿Sabes, Marcos? —dijo ella, con una voz que ya no era suya—. He estado esperando este momento mucho tiempo.
El restaurante entero se congeló. Los comensales, el camarero, las velas. Todo se detuvo, como si el tiempo hubiera muerto.
Marcos intentó moverse, pero no podía. Sus pies estaban clavados al suelo.
—¿Qué… qué haces? —logró decir.
Elena se levantó. Se acercó a él, lentamente, y le acarició la mejilla. Su tacto era frío, como el mármol.
—Yo también tengo poderes, Marcos. Desde siempre. Y te he estado observando. Vi cómo usabas tu don, cómo jugabas con las personas como si fueran marionetas.
Marcos sintió que su corazón se rompía en mil pedazos.
—Pero contigo… —continuó Elena—. Contigo fue diferente. Por eso quise conocerte. Por eso quise saber si alguien como tú podía cambiar.
—Puedo —susurró Marcos—. Contigo, sí puedo.
Elena sonrió con tristeza.
—Lo sé. Pero ya es tarde.
Y entonces, Elena hizo un gesto con la mano. Marcos sintió que su poder se desvanecía, como agua entre los dedos. Podía sentirlo abandonarlo, célula por célula.
—¿Qué me estás haciendo?
—Te estoy liberando —dijo ella—. Sin poderes, sin trucos. Solo tú, Marcos. Puro y vulnerable.
El tiempo se reanudó. El restaurante volvió a la vida, pero Marcos ya no sentía el cosquilleo. Solo el vacío.
Elena tomó su abrigo.
—Ahora sabrás cómo se siente ser normal. Ser humano. Quizá así aprendas a amar de verdad.
Y se fue, dejándolo solo en la mesa, con la cuenta pagada y un café que se enfriaba.
Marcos nunca volvió a tener poderes. Pero cada mañana, al despertar, recordaba los ojos verdes de Elena, las motas doradas, la manera en que lo había visto por primera vez. Sin trucos. Sin mentiras.
A veces, en la librería, creía verla entre los estantes. Pero era solo una ilusión. Un espejismo.
Y entonces, un día, recibió una carta sin remitente. Dentro había una página arrancada de un libro de García Márquez, con una frase subrayada:
“El amor es tan corto y el olvido tan largo.”
Debajo, una letra pequeña y temblorosa:
“Te escucho, Marcos. Siempre te escuché.”
Él sonrió, con lágrimas en los ojos. Y entendió que, a veces, el poder más grande es el que no se ve. El que se siente en silencio, entre dos personas que se eligen sin trucos.
Elena nunca volvió. Pero Marcos aprendió a vivir sin su poder, y por primera vez, a amar con todo lo que era.
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