Clara se levantaba todas las mañanas a las seis, aunque el despertador sonaba a las seis y media. No era que le gustara madrugar, sino que le gustaba ese rato de silencio antes de que el mundo se despertara del todo.
Vivía en un pequeño piso con un balcón que daba a un jardín comunitario, y su rutina era siempre la misma: prepararse un café con leche, sentarse en la silla de mimbre y mirar las hojas de los árboles moverse con el viento.
Ella trabajaba en una librería antigua del centro, de esas que huelen a papel viejo y a madera. No ganaba mucho dinero, pero era feliz rodeada de historias. Su vida era tranquila, sin sobresaltos, y a ella le gustaba así. Hasta que un día, sin previo aviso, llegó él.
Mateo empezó a correr por el parque todas las mañanas a las siete. Clara lo vio por primera vez un martes de abril. Llevaba una camiseta gris y unos auriculares blancos. Iba tan rápido que apenas pudo verle la cara, pero notó algo en la forma en que movía los brazos, con una especie de urgencia dulce, como si estuviera huyendo de algo o buscando algo.
Ella se quedó mirándolo hasta que desapareció detrás de los árboles, y entonces se rió de sí misma. Era solo un chico corriendo, no una película romántica.
Pero al día siguiente, él volvió a pasar. Y al otro, también. Clara empezó a esperarlo sin querer hacerlo.
Preparaba su café justo a las siete menos cuarto para tener tiempo de sentarse y verlo aparecer por la esquina del jardín. A veces llevaba una sudadera azul, otras una gorra. Y ella, desde su balcón, se inventaba historias sobre él: que era médico, que estudiaba arquitectura, que estaba entrenando para una maratón. Nunca le había hablado, pero sentía que lo conocía de toda la vida.
Pasaron tres semanas así. Clara se había aprendido su horario, su ritmo, la manera en que se secaba el sudor de la frente con el antebrazo. Y una mañana, sin que ella esperara nada, él se detuvo. Justo debajo de su balcón. Se agachó, fingiendo atarse un cordón, pero Clara sabía que su zapato no se había desatado. Levantó la cabeza y la miró. Y entonces, con una sonrisa que iluminó toda la calle, le dijo:
—Siempre te veo ahí sentada con tu café. ¿Es que no te aburres de ver a un desconocido pasar todos los días?
Clara sintió que el corazón se le iba a salir por la garganta. Se puso roja, más que el tomate que tenía en la nevera. Quiso decir algo inteligente, pero solo atinó a murmurar:
—No me aburro. Eres el único espectáculo de las siete de la mañana.
Él se rió, una risa limpia y sincera, y Clara supo en ese momento que su vida tranquila había terminado.
A partir de ese día, Mateo dejó de correr. Bueno, corría, pero se paraba cinco minutos debajo del balcón de Clara. Hablaban de cosas sin importancia: del tiempo, de lo caro que está el pan, de los perros que paseaban por el parque.
Pero para Clara, esos cinco minutos eran el mejor momento del día. Le gustaba cómo él inclinaba la cabeza cuando escuchaba, cómo se mordía el labio cuando pensaba, cómo sus ojos se arrugaban en las comisuras cuando sonreía.
Una tarde, Mateo la invitó a dar un paseo. No fue una cita formal, no hubo restaurantes ni velas. Solo caminaron por el parque mientras el sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Él le contó que había llegado a la ciudad hacía seis meses, que trabajaba en un estudio de grabación, que su sueño era componer música para películas. Clara le contó que su libro favorito era Cien años de soledad, que le daba miedo la oscuridad y que aún dormía con un peluche de elefante que le regaló su abuela.
Mateo no se rió de ella por lo del elefante. Al contrario, le dijo que él también tenía uno, un pingüino que se llamaba Pepito. Y Clara, por primera vez en mucho tiempo, se sintió completamente en paz con alguien.
El tiempo pasó y su amor fue creciendo como las plantas que Clara cuidaba en su balcón. Al principio era tímido, como un brote pequeño que asoma entre la tierra. Luego, día a día, fue echando hojas, fortaleciendo sus raíces. Se veían todos los días, aunque fuera solo un rato.
[A veces él llegaba con un café para ella, otras con una flor robada de un jardín vecino. Y siempre, siempre, la miraba como si ella fuera la única persona en el mundo.
Una noche, llovía con fuerza. Clara estaba en su casa, leyendo, cuando sonó el timbre. Abrió la puerta y allí estaba Mateo, empapado de pies a cabeza, con el pelo pegado a la frente y una caja de fresas en la mano.
—He visto que te gustan —dijo, temblando de frío—. Y como no podía dormir sin verte, he pensado que igual tú tampoco podías.
Clara lo abrazó tan fuerte que las fresas cayeron al suelo. No le importó. Sentía su pecho contra el de ella, su corazón latiendo tan rápido como el de él. En ese momento, bajo el ruido de la lluvia y el olor a tierra mojada, se dieron el primer beso. No fue un beso de película, con fuegos artificiales o música de fondo. Fue un beso torpe, un poco salado por el agua de lluvia, pero honesto. Un beso que decía “estoy aquí” y “no quiero irme nunca”.
Al día siguiente, Clara se despertó y lo encontró durmiendo en su sofá, envuelto en una manta de flores. Parecía un niño, con la boca entreabierta y una mano colgando fuera del cojín. Ella se quedó mirándolo un buen rato, sintiendo una calidez en el pecho que no sabía cómo explicar. Era como si todos los libros que había leído sobre el amor no hubieran servido de nada, porque esto, lo que sentía ella, era mucho más grande y más sencillo a la vez.
Ahora, las mañanas de Clara son diferentes. Ya no se sienta sola en el balcón con su café. Ahora Mateo se sienta con ella, y a veces ni siquiera hablan. Solo están juntos, viendo el mundo despertar, sintiendo que cualquier lugar es bonito si están el uno al lado del otro.
Él todavía corre, pero ya no a las siete. Ahora sale cuando Clara se va a la librería, y en lugar de dar vueltas al parque, pasa por la puerta de la tienda para robarle un beso antes de irse al estudio. Y ella, desde su mostrador, lo ve alejarse con esa sonrisa que tiene, y sabe que tiene suerte. Mucha suerte.
El amor, para Clara, había sido siempre un concepto abstracto, algo que pasaba en los libros. Ahora es real. Es tener a alguien que te trae fresas bajo la lluvia, que te escucha cuando hablas de cosas sin importancia, que te mira como si fueras un milagro. Es compartir el silencio, las risas, el café frío y las sábanas revueltas.
No saben qué pasará mañana, ni si algún día dejarán de quererse. Pero a Clara no le preocupa. Porque ha aprendido que el amor no se trata de certezas, sino de pequeños momentos que se quedan grabados en la memoria: el primer saludo desde el balcón, la primera risa, la primera fresa, el primer beso bajo la lluvia.
Y mientras él la abraza por la espalda mientras ella cocina, y le susurra al oído que la quiere, Clara sonríe. Porque su vida, antes tan tranquila y sin sobresaltos, ahora tiene la mejor de las aventuras: tener a Mateo a su lado. Y eso, piensa ella, es suficiente para llenar mil páginas y mil vidas más.
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